El clásico rosarigasino, parte I.

El próximo domingo 15 de setiembre se juega, otra vez, el clásico más caliente, pasional e insoportable de nuestros fútbol y sólo quien haya vivido en Rosario y/o alrededores puede tener una dimensión cabal sobre lo que estoy hablando, o mejor dicho, escribiendo.
Canallas y leprosos se van a tirar con toda la pirotecnia verbal y memística que puedan para ir dándole forma al hecho cultural más trascendente de esta urbe situada a orillas del Paraná. Sí, leyeron bien porque el clásico de nuestra ciudad no sólo es un espectáculo deportivo sino que también es cultural por todo lo que representa para la ciudad y sus habitantes. No estoy hablando de los inadaptados de siempre sino de la gente que le pone pasión y color al clásico más importante del interior, que divide en dos a una región y que deja secuelas por el resto del año a ambos equipos. 
La cita será en el estadio mundialista Gigante de Arroyito y este año el clásico adquiere una particular importancia ya que ambos equipos están muy comprometidos con el descenso y eso, en esta ocasión, es una mochila que pesa cincuenta mil toneladas por todo lo que implica ver a dos clubes que fueron cuna de grandes jugadores y entrenadores y hasta de estilos de juego (el menottismo campeón del mundo por el lado del canalla y la escuela bielsista que tiene muchos adeptos hoy en día por el lado de Ñuls) peleando el descenso. Ambas dirigencias no están a la altura para llevar adelante los destinos de sus respectivos clubes y ahora están pagando las primeras cuotas del precio de bailar al borde del infierno. Sólo espero que todo se desarrolle con normalidad y que luego de terminado el match la ciudad recupere su habitual calma hasta el próximo clásico que los enfrente.