¿Por qué amo las Ferrari? Parte I.

En un rato Ferrari festeja sus noventa años de vida en la Piazza Duomo de Milán con un espectacular desfile de autos y pilotos de todas las épocas y desde aqui voy a hacerle un pequeño homenaje a la casa de Maranello en dos entregas.  A diferencia de muchos chicos de mi edad, las Ferrari que conocí primero y me enamoraron eran las del equipo de Fórmula Uno mientras que la primera que vi de calle fue la BB 512 en 1979 y en ese momento supe que me había convertido en un tifoso y que esa condición no iba a cambiar jamás. Vamos a hacer un poco de historia. Los autos me gustaron desde muy chico y los dos primeros recuerdos que tengo son un Ford Falcon color gris de mi abuelo paterno en el que una lluviosa y calurosa noche de diciembre de 1971, mi viejo nos cargó a todos arriba del mismo y salimos a festejar por el boulevard Oroño el primer campeonato de primera para un club del interior, el ganado por el fantástico Rosario Central de Angelito Labruna, un prócer de nuestro fútbol. El otro recuerdo es de la misma época y es un Fiat 1500 color bordeaux con consola de madera y palanca al piso que fue el primer auto familiar que recuerdo y además era una belleza. Vivíamos en una casa frente a la plaza  principal de Funes, una localidad pegada a Rosario. Cuando este buen hombre volvía los fines de semana de trabajar miraba Formula 1 ya que el fútbol no le llamaba la atención, aunque era hincha del canalla sin ser rosarino, y a veces tenía que poner el televisor vertical para cambiar alguna de las lamparitas del mismo (¿alguien entiende de lo que hablo?) para después seguir viendo la carrera como si nada hubiese pasado. En ese momento yo tenía unos cinco o seis años y conocí, a través del aparato mágico, a un señor que mi viejo alentaba siempre y que corría en un auto blanco: Carlos Alberto Reutemann, un excelente piloto argentino que no tuvo la suerte de ser campeón del mundo pese a que trabajó a destajo para ese fin pero su escaso timming para elegir escudería o acciones de equipo desafortunadas como las del final del campeonato 81 en Las Vegas le impidieron coronarse. Al poco tiempo el matrimonio entre mis padres se terminó y mi madre y sus tres hijos varones emprendimos el viaje a su amado Tucumán. La casa de mi bisabuela se encuentra ubicada a la vuelta de la Casa Histórica, en la calle San Lorenzo al 300, y con ella vivía el hermano más chico de mi vieja, mi tío Marcelo. Él compraba El Gráfico todas las semanas religiosamente y yo esperaba que se descuide para robárselo y leerlo y así seguir la carrera del Lole. Estamos hablando de 1975 y en las notas de esta revista cada vez más aparecía el nombre de un señor de anteojos oscuros llamado Enzo Ferrari y el de un piloto de nombre difícil para un niño que no se le caían de la boca los nombres de Fillol, Passarella, Luque y el resto del equipo de River del 75 ya que casi todos (la excepción eramos mi tío Coco que es hincha de Boca y yo) en la familia eran fanáticos del club de Nuñez. Ese piloto era Niki Lauda, quien ganó cinco carreras y se coronó campeón al mando de la famosa Ferrari 312 T. Fue la primer Ferrari de competición que recuerdo. A partir de ese momento nada fue igual. En el Gran Premio de Alemania 1976 se me pusieron los pelos de punta con el accidente de Niki y me puso contento ver al Lole arriba de una Ferrari sobre el final de ese año. En 1977 el Lole salió cuarto en el campeonato y Lauda volvió a ser campeón del mundo y la T2 era cada vez más linda. El siguiente auto de Maranello que me enamoró fue la 312 T3, pero esa historia queda para el próximo capítulo.

Foto: gentileza Gillfoto